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¡TIEMPO DE SER SANTOS! 

Nuestro Pastor Anibal Moreno nos explica la visión que el Espíritu Santo ha puesto en su corazón con respecto a la santidad que proclama este ministerio, no sólo como una elección sino como una obligación cristiana que se debe realizar por amor hacia aquel que nos amó primero.


Muchos saludos y abundantes bendiciones para ustedes mis queridos lectores y amados hermanos en Cristo. Mi humilde intención con estas líneas es trasmitirles la visión que el Espíritu Santo de Dios ha puesto en mi corazón con respecto a un tema que en ocasiones no se le da la importancia que se merece, pero que se ha vuelto la bandera central de este Ministerio dedicado a Nuestro Señor Jesucristo y el cual no es otro que nuestra propia Santidad.

Al referirme a este tema la primera palabra de Dios que debo presentarles es la que encontramos en Hebreos 12:14 y que seguramente habrán escuchado o leído alguna vez:

“Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios”

Al leer y analizar este y cualquier otro pasaje bíblico, debemos hacerlo con un corazón sincero sin torcer o adulterar la palabra de Dios, como lo dice Pablo en la segunda carta a los Corintios 4:2. Las Sagradas Escrituras no son acomodaticias, no van y vienen a conveniencia del lector, de los tiempos, de las religiones o del creyente, sino que han sido, son y serán la manifestación inalterable de la verdadera voluntad de Dios para nuestras vidas.

Así pues, dentro de este tema, la más importante verdad bíblica que queda establecida entonces es que sin santidad “NADIE” podrá ver a Dios.

El mayor galardón que anhelamos todos aquellos que amamos a nuestro Señor sobre todas las cosas, es sin duda alguna llegar a ver su rostro y compartir a su lado toda la eternidad, pero ¿cómo podemos ganar tan maravilloso premio si no obedecemos en todo a aquel que nos amo primero?

Para que no les quede duda sobre lo que Dios quiere de nosotros en cuanto a nuestra manera de vivir, veamos otros pasajes bíblicos donde Él nos manifiesta su voluntad en este sentido:

Levítico 11:44
“Yo soy el SEÑOR su Dios, así que santifíquense y manténganse santos, porque yo soy santo”.

Levítico 19:2
“...Sean santos, porque yo, el SEÑOR su Dios, soy santo”

Levítico 20:7
“Conságrense a mí, y sean santos, porque yo soy el SEÑOR su Dios”

1 Pedro 1:15-16
“Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo.»

2 Corintios 7:1
“Como tenemos estas promesas, queridos hermanos, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación”

1 Tesalonicenses 4:3,7
“La voluntad de Dios es que sean santificados... Dios no nos llamó a la impureza sino a la santidad”

1 Tesalonicenses 5:23
“Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo”

Queridos amigos, ciertamente podría mencionarles otros pasajes similares, pero me parece que con los mencionados se entiende claramente que es lo que Dios quiere de nosotros, más allá de cualquier posibilidad de una “mala interpretación” que pueda alegar alguna persona.

Ahora bien, por otro lado es un hecho palpable que tenemos al mundo entero a nuestro alrededor y a la sociedad en la que vivimos, haciéndonos creer, desde que tenemos uso de razón que “nadie es perfecto” y que dentro de nuestra personalidad es necesario tanto lo bueno como lo malo, así como también que existen “mentiras blancas o piadosas”, que es bueno decir una mentira que esconda una verdad dolorosa o que las groserías y los chistes obscenos son sólo malos hábitos, entre muchas otras cosas con las cuales se pretende hacer ver como obvio que la santidad es un estado sobrehumano e inalcanzable que solamente está reservado a un grupo élite de personas muy religiosas, que vivieron en tiempos muy lejanos y diferentes a los nuestros y sólo ellos merecen ser llamados “santos”.

Esta idea o percepción social de la realidad divina está, para la gloria de Dios, tremendamente errada y alejada de la verdad, puesto que en nuestro tiempo, hoy mismo, todos los cristianos, tanto tú como yo, sin distinción de ningún tipo, no solamente podemos sino que más bien debemos comprometernos en ser santos, perfectos e irreprochables para nuestro Señor.

La palabra “SANTO” se utiliza frecuentemente en el Antiguo Pacto o Antiguo Testamento, el original en arameo-hebreo es Kadosh y su significado literal es apartado, separado, retirado de lo profano o secular para ser dedicado exclusivamente para el uso de Dios en sus propósitos. Para ponerles un caso práctico de nuestra cotidianidad, es como cuando nosotros compramos un artículo de uso personal, como un cepillo de dientes por ejemplo; mientras estuvo exhibido en la tienda no nos pertenecía, pero al momento de comprarlo, ese artículo es únicamente para nuestro uso y solamente nosotros decidimos el propósito que tenemos para ese cepillo, nadie más en nuestro entorno puede venir y utilizarlo sin nuestro permiso, sin importar si es bueno o malo, no puede utilizarlo simplemente porque ha sido escogido, apartado y separado por nosotros en la tienda, hemos pagado su precio, lo hemos traído con nosotros y ahora nos pertenece de forma exclusiva.

Exactamente igual ocurre con cada persona que se convierte a Jesucristo y entiende que esa conversión no es un “pañito de agua tibia” sino un compromiso de vida bajo la autoridad de Dios; es convertir la vida que habíamos estado viviendo bajo nuestras propias normas en una vida que voluntariamente plegamos a la divina voluntad del Padre. Al aceptar a Jesús en nuestro corazón como nuestro salvador aceptamos el hecho de que fuimos rescatados del lugar donde nos había colocado el enemigo tras habernos arrancado de la gracia de Dios al conseguir engañar a Eva y Adán, pero nuestro Santo Padre se propuso recuperarnos y por eso pagó el rescate correspondiente tal como lo explica en 1 Pedro 1:18-19 “Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto” y al aceptar este maravilloso hecho nos damos cuenta que valemos muchísimo más de lo que nosotros mismos pensamos y por eso, al darnos cuenta de ese inmenso sacrificio, iniciamos el camino al lado de aquel que pagó el precio de nuestro rescate.

En ese momento se inicia el camino hacia la santidad que tendrá finalmente como recompensa última el poder ver el rostro de nuestro Dios, sin olvidar el nutrido número de recompensas preciosas que una vida de santidad con Jesucristo nos otorgan en este mundo en el que vivimos.

Al reconocer que fuimos adquiridos y separados o apartados del mundo en el que vivíamos para ser usados exclusivamente por Dios de acuerdo a sus propósitos nos reconocemos a nosotros mismos como SANTOS DE DIOS.

Así pues, cualquier persona no sólo puede sino que tiene que alcanzar esta espectacular posición, si en primer lugar acepta a Jesucristo como su único y suficiente salvador personal con un arrepentimiento sincero de corazón y un compromiso sólido de no pecar más, se bautiza en agua y en Espíritu de acuerdo a la enseñanza de la Biblia, recibe la Santa Cena del Señor para recordar el nuevo pacto de gracia que Jesús hizo con todos nosotros, y transforma su vida radicalmente como se nos explica muy detalladamente en muchos pasajes de las Escrituras de entre los cuales me gusta citar los diez versículos de Efesios 4:22-32 que dicen:

“Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos;23 ser renovados en la actitud de su mente;24 y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad.

25 Por lo tanto, dejando la mentira, hable cada uno a su prójimo con la verdad, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo.26 «Si se enojan, no pequen.» No dejen que el sol se ponga estando aún enojados,27 ni den cabida al diablo.28 El que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con los necesitados.

29 Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan.30 No agravien al Espíritu Santo de Dios, con el cual fueron sellados para el día de la redención.31 Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia.32 Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”

Para llevar a cabo este fantástico proceso de santificación se nos ha prometido que no estaremos solos en el camino, puesto que evidentemente para nosotros sería imposible en nuestras fuerzas humanas, no es algo que alcanzamos para luego jactarnos porque ciertamente al lograrlo nos daremos cuenta que para nosotros hubiera sido imposible olvidarnos del yo centralizado que conduce a acciones erróneas como: mentir, murmurar, robar, calumniar, vengarse tener conversaciones obscenas y cometer actos sexuales inmorales para centrarnos firmemente en la senda que Dios describe en su Palabra.

Es por esta razón que la única forma de alcanzar la santidad es renaciendo a una nueva vida y con un nuevo corazón, permitiendo que el Señor nos tome en sus manos y haga con nosotros algo nuevo y diferente a lo que éramos antes para que se cumpla el muy mencionado pasaje de 2 Corintios 5:17 “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Todas las cosas viejas han pasado, y ahora todas serán hechas nuevas!”

Es decir que al aceptar a Jesucristo y ponerlo en el trono de nuestra vida, obedeciendo su Palabra dejamos de vivir para el mundo y comenzamos a vivir para Dios, podemos afirmar con certeza lo que afirmó Pablo cuando dijo en Gálatas 2:20 “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí”

La santidad es entonces esa nueva forma de vida en la cual ya no somos nosotros los que vivimos sino que le hemos dado toda autoridad a Cristo Jesús para que sea ÉL quien la dirija por nosotros. Es una forma de vida alejada del pecado, donde no hay lugar para la ira, la mentira, la malicia, la blasfemia, la idolatría, la hipocresía, la envidia, el egoísmo, el orgullo, las obscenidades, las confrontaciones, la codicia, los bajos deseos sexuales, el adulterio ni ningún otro deseo del corazón que tienda al mal.

Es una condición del corazón humano que consiste en pensar y hacer constantemente todo lo que Dios quiere que pensemos y hagamos, no sólo en la iglesia o delante de los hermanos en la fe, no para que otros vean lo que hacemos o como lo hacemos, sino para que Dios mismo se dé cuenta que la llama de su Espíritu Santo arde con fuerza en nosotros y no deseamos voltear atrás ni un instante a mirar la vida que antes teníamos.

Bajo esta condición de nuestra alma, nuestro espíritu y nuestro cuerpo completamente llenos de Jesucristo, lo más reconfortante y placentero es pensar que aceptando la voluntad de Dios en nuestras vidas estamos haciendo que se dibuje una bella sonrisa en el rostro de nuestro Señor, con lo cual podemos inferir que podemos hacer que se sienta orgulloso de nosotros y contento y satisfecho de haber entregado a su hijo para que muriera en nuestro lugar y pagara el precio de nuestras equivocaciones.

Ante tanto amor ¿no podemos nosotros vivir nuestras vidas por aquel que entrego la suya por nuestra salvación? ¿No podemos aceptar y cumplir contentos la voluntad de Dios, que por cierto nos dice en Romanos 12:2 que es buena, agradable y perfecta? ¿No podemos andar en santidad para hacer que nuestro Padre se sienta orgulloso y feliz?

No quiero que piensen que hay una fórmula científica o mágica, ni una lista hecha por manos humanas que se deba seguir para alcanzar la santidad, nuestro mayor empeño debe estar dirigido a entender lo que Dios ya ha hecho por nosotros, “porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” Efesios 2:10, así, si entendemos esto, podremos entender cuáles son las obras para las que fuimos creados en Cristo y queda de nosotros andar en esas obras y ponerlas en práctica.

Es Cristo quien nos perfecciona, es Cristo quien nos purifica, es Cristo quien nos lleva de la mano en ese camino hacia la santidad, es Cristo quien está a nuestro lado luchando la buena batalla de la fe, porque es Cristo quien nos ama porque somos su Iglesia, todos nosotros somos sus piedras y sus ladrillos y por nosotros prometió regresar ya que “Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.” Efesios 5:25-27

“¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? ¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte? Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.

En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección. Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado.

Ahora bien, si hemos muerto con Cristo, confiamos que también viviremos con él. Pues sabemos que Cristo, por haber sido levantado de entre los muertos, ya no puede volver a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre él. En cuanto a su muerte, murió al pecado una vez y para siempre; en cuanto a su vida, vive para Dios.

De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos. No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia. Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia.” Romanos 6:1-14

“Antes ofrecían ustedes los miembros de su cuerpo para servir a la impureza, que lleva más y más a la maldad; ofrézcanlos ahora para servir a la justicia que lleva a la santidad. Cuando ustedes eran esclavos del pecado, estaban libres del dominio de la justicia. ¿Qué fruto cosechaban entonces? ¡Cosas que ahora los avergüenzan y que conducen a la muerte! Pero ahora que han sido liberados del pecado y se han puesto al servicio de Dios, cosechan la santidad que conduce a la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” Romanos 6:19-23

Por todo esto mis queridos lectores y hermanos es que he consagrado mi vida entera para la lucha de fe contra el mundo que me rodea, es una lucha, una carrera, una competencia como debe ser la vida de cada persona que desee de todo corazón agradar a Dios, y que este consciente que no se puede agradar a Dios y al mundo al mismo tiempo y que definitivamente no se puede servir a dos señores porque seguramente uno será descuidado. La carne y el espíritu no pueden querer lo mismo porque se oponen entre ellos, por esto proponte firmemente cada día a fortalecer tu espíritu y a debilitar tu carne para que al final tu alma gane el mayor galardón de todos, la preciosa corona de justicia que el Señor, Juez Justo, dará a los que amen su venida.

Mis oraciones por todos ustedes serán siempre como la que una vez hizo Pablo por los cristianos de Tesalónica: Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser -espíritu, alma y cuerpo- irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Que la gracia y la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo esté siempre con ustedes y los acompañe a luchar su propia batalla de fe contra el mundo.

Con profundo amor en Cristo

Aníbal Moreno
Pastor Centro Bíblico Cristiano Tu Amigo Jesús
Editor Tuamigo.TK

 
 
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